Los desterrados

27 Ene

Buenos Viernes, amiguitos. Disculpad la NO-actualización de ayer, pero cosas ajenas a mí a veces no me permiten ser lo continuo que me gustaría. Ahora que estamos a más cerca del fin de semana y que llegan las salidas nocturnas, las reuniones familiares de Domingo y las quedadas entre amigos, yo me detengo en otro asunto. Hoy me lo váis a permitir, os lo ruego.

Los weekend también llega el fútbol. Pero no solamente el de primera o el extranjero. Llega también el fútbol base, donde mis niños hacen que me transforme en mi cara más amable. Ya os he hablado de ellos alguna vez anterior en otros post, pero hoy llegan aquí en otras circunstancias.

Solo quería decirles lo que siento, a un día de que se jueguen el liderato contra el primero, a pesar de que después, pase lo que pase, falten 17 partidos para terminar la liga. Pero es de esas cosas raras que suceden en ligas como ésta, donde 3 equipos demuestran ser muy superiores al resto y perder implica descolgarse de uno de ellos.

 

Empezaré por el principio…

Muchos de ellos nunca jamás soñaron con algo más que jugar al fútbol (que no es poco en los tiempos que corren de malos educadores y precarios entrenadores), nunca en su vida quisieron nada. Y eso se debía a que ellos siempre fueron conscientes de lo que podían dar. Ya la temporada pasada se dejaban destellos de lo que estaban aprendiendo, pero no fue hasta ésta cuando un grupo de niños nos sorprendió a mi amigo, compañero de fatigas y segundo de a bordo, Gonzalo y a mí.

Vimos potencial donde los demás no apreciaban más que migajas, creímos en ellos desde el primer momento porque se lo ganaron con su esfuerzo en los entrenamientos, en su capacidad de sacrificio para superar las adversidades. Son niños y ya en dos años han tenido que luchar contra más cosas de las que nadie se imagina. No creo (y lo afirmo firmemente) que a nadie le guste sentirse el último, no jugar en su equipo, no poder demostrar lo que vale o ser el patito feo de ningún club. En este, aquí, son una familia.

Retales de aquí, rastrojos de allá, incógnitas, apuestas arriesgadas e incorporaciones díscolas conformaban un heterogéneo grupo de chavales con muchas posibilidades, no sin mucho trabajo. 15 personitas dispuestas a comerse los tópicos sin quererlo, a hacerle a más de uno tragarse palabras dichas y disfrutar de lo que más les gusta hacer, que no es incompatible con lo anterior.

 

Y hasta ahora, siguen vivos. 12 partidos después están imbatidos, con goles y estadísticas que asustarían a cualquiera. Pero entiendo y percibo este deporte como algo pasional más que restadístico. Y lo que digo son sensaciones: llegan jugando a un fútbol completo, de disfrute propio y compartido a quienes ponen su foco de atención durante una escasa hora de su vida en ellos, preparados para batallas que les acobardaban hace no tanto. Llegan con hambre, con sed de demostrar de lo que son capaces, con ganas de sentirse poderosos y de gritarle a la vida, aunque ellos no se preocupen de ella ahora, que se equivocaba con ellos, al menos este año.

Probablemente mañana pierdan. O empaten. Puede pasar. Pero nadie les quitará (ni a nosotros, sus entrenadores) el hermoso y placentero placer de haberles visto crecer en poco tiempo, de disfrutar con ellos cada sábado, de ver como les arrancamos una sonrisa descubriéndoles algo nuevo cada día, de estar a su aldo cuando lo han necesitado. Aunque siendo honestos, van a ganar para cerrarme el pico. Los conozco bien. Estarán geniales: sacarán el balón con brillantez desde atrás, defenderán lo suyo con uñas y dientes, atacarán con la vehemencia de quién sabe lo que es pasarlo mal, el esférico rodará al son de ellos y cada jugada será el último momento que sientan como propio. Y me asusta que sean niños, porque ya saben donde van, cómo lograrlo y qué camino seguir. Digan lo que digan de fuera, ellos seguirán dando guerra hasta que no puedan más.

Pero esto no se acaba aquí, porque pase lo que pase, seguirán remando contracorriente. Como siempre han hecho. Como cada día que se visten de corto para pegarle patadas a un balón. Y digo esto ahora, antes de uno de los partidos más importantes de su vida a esta edad para que nadie me acuse dentro de unos meses de ser oportunista.

Hoy hablaba hace un rato con mi segundo y le decía que estoy nervioso, que no puedo dejar la mente en blanco de fútbol y que esta tarde me rebañaré el coco a ver que me invento y me imagino. Él me decía y confesaba que mañana saldrá a correr antes de la cita para aliviar tensiones, pero que aún así las tendrá. Lo importante, coincidimos, es que ellos no lo noten. La charla de mañana será breve, sin florituras. Llegando a su corazoncito, a su espíritu de equipo.

Mañana les diré que sean ellos siempre, que jueguen como saben y que sean listos. Que toquen y sean un equipo. Que se acuerden de los compañeros no convocados y que ojalá pudieran estar ahí. Que se ayuden y estén tranquilos. Que pase lo que pase, para mí ya son unos campeones y que quién piense que esto acaba ahí, se equivoca, y más si estoy yo de por medio. Aquí se lucha hasta durmiendo si hace falta. Y no os equivóqueis, ellos lo entienden todo eso.

Y confieso que los nervios, los míos, a flor de piel están. Los tengo de acero normalmente, es lo que ha conseguido la experiencia. Pero el cosquilleo de la barriga no se me va. Y que no hay manera con partidos así, juegue yo o ellos. Ellos simplemente harán lo que saben, que no es poco. Y mientras, otros disimulando los nervios y la envidia sana de no poder hacer más.

Unos desterrados, otros marginados, otros que prometen y no acaban de explotar, otros pequeños, otros bajitos, otros gordos y otros demasiado altos, otros díscolos, otros que no saben lo que es un balón…Mañana juegan esos mismos que alguno se atrevió a cuestionar. Saber quién eres te ayuda a ver la grandeza real de las cosas.

Suerte mañana, grandes, aunque no la necesitáis.

 

CONSEJO DEL DÍA:

“Si tienes un sueño, debes conservarlo. Si quieres algo, sal a buscarlo, y punto.”

(Will Smith dixit)

 

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