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Guerras injustas

19 Dic

Ayer hubo una guerra. Una más. Entre hermanos, sangre procedente del mismo estilo, del mismo origen, de la misma sed de triunfo. Una guerra más, en un pequeño lugar sin importancia.

El velatorio de armas había durado demasiado, demasiado tiempo saboreando mentalmente el momento doloroso y excitante de semejante duelo. Los argumentos esgrimidos por los contendientes eran tan distantes, que incluso la cercanía de los pensamientos en las mentes de sus líderes hacía que se escuchara el chirriar de sus mecanismos internos. Apenas unas paredes, unos finos muros de cemento levantados entre las sedes de ambos grupos, de ambas ideologías y formas de ver las cosas. Incluso a pesar de ello, los soldados que se disponían a escuchar y acatar las últimas instrucciones al respecto del teórico desarrollo del batalla, pensaban que algunas de las formas de pensar eran erróneas, pero había que luchar por ellas. Hasta el éxtasis de la quasi muerte y la extenuación si era necesario. Esa era su obligación.

Llegó la hora. Los músculos calientes, el corazón desbocado  y a revoluciones anormales, la cabeza con imágenes de como querían que fuesen las escenas de tan enigmática y grandilocuente pelea, junto con los pies fríos. Tan mediática en su contexto, que el resto de los que no estaban allí presentes en el diminuto lugar del mapa no entendían la magnitud de lo que en apenas unos minutos comenzaría.

Un pitido y una bandada de pájaros indicaba el principio de la contienda, con las piezas dispuestas en el tablero de juego como marionetas que iban a desempeñar funciones, impropias muchas de ellas, de cada uno de los actores del teatro orquestado en la oscuridad y la penumbra que los días de la semana otorgan a esas horas del día.

Y entonces, los gritos ahogados y crujientes de ambos bandos, se entremezclaron sin tregua en el fulgor de la guerra: el campo de batalla presentaba unas condiciones insólitas, y la temperatura era un contraste ideal de sensaciones  con el aire gélido de las paradas bruscas y el Sol ardiente de las esperanzas que no se remataban en un final feliz.

Piernas, golpes fortuitos, caídas, chillidos de dolor, levantamientos forzados, saltos imposibles, posturas desgarradoras, fe infinita en las ideas de uno y otro.

Brazos que se separaban de los cuerpos protegiendo el territorio, acciones que marcaban el perímetro de los más listos, canalladas por la espalda y cientos de ojos avizor de lo que sucedía. Nadie se atrevía a comentar nada. Nadie se atrevía a cuestionar la autoridad de algunos pocos. De los pocos que, a pesar de estar aún dentro del terreno donde se producía la guerra, ya sabían que o se daba más o se irían apartando ellos solos del foco en el que se centraban las miradas.

Los que se hicieron con el control de las zonas, dominaron el asunto de principio a fin. Y llegados a este punto, en la más absoluta de las igualdades, llegó un parón que agradecieron ambos bandos, menguantes en sus fuerzas por la generosidad de sus esfuerzos.

De regreso, ni uno ni otro podía anticipar el desenlace de los acontecimientos a la luz de lo sucedido con anterioridad, pero si empezaron a vislumbrarse a nuevos personajes que llegaban con la intención de aportar el factor sorpresa en el oponente. Y de repente, un zarpazo en la más inocente de las internadas del contrario, en la más plena de las vigilancias, en un toque de suerte de esos que invaden las guerras y llenan los corazones de alegría o tristeza según el beneficiado. El capitán de uno de los grupos, del que veía volar el objeto introducirse en la base a la que más daño podía producir, se jugó como buen líder su integridad, sin que ello sirviera de mucho.

El panorama había cambiado, y el bando temporalmente perdedor debía dar un paso al frente. Llegaron en medio del sueño de forma clara para morir en las mieles del éxito del terreno rival, vedado. Y todas aquellas intentonas que se produjeron después, fueron solventadas de manera bondadosa por el guardián de la base.

Y con el ejército liderado por al furia y el orgullo, por la casta y el temple, por la calidad y la brillantez, la eficacia y la experiencia del líder de los vestidos con prendas negras, echado en vuelta arriba sin posibilidad de retorno hacia la gloria o la perdición, llegó el segundo mazazo de proporciones gigantescas: uno de los más íntimos, curtido en mil batallas junto a él y otros más (no hacía tanto) del líder negro se irguió en el aire imponente, sin vigilancia alguna en un contraataque terminado en pausa y colocación, asestó el golpe definitivo que hirió de muerte a propios y extraños.

Y, de nuevo, cuando menos se esperaba, apareció la decepción, la desesperación y el silencio. La nada. Se vieron líderes y soldados magullados, heridos, emocionalmente abatidos, con el orgullo arrastrándose detrás de ellos en la sombra de lo que pudo ser y no fue. Y se vio el relente de la alegría sufrida, emotiva y conquistada.

Y es que, cómo ya se sabe y se dice, en el amor y en la guerra, todo vale.

 

CONSEJO DEL DÍA:

“En lo diferente está lo especial”

(Oscar Wilde dixit)

 

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