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El poder que tenemos

28 Nov

Siento que debía hacer esta entrada, me lo pide el cuerpo. Me tira mucho. Hoy no habrá consejo del día, ya habrá sido dado. Los pelos erizándose en mi piel, la sensación de satisfacción, la sonrisa disimulada, la felicidad contenida, la alegría que estalla dentro de ti sin que salpique a los demás.

Alguno, pensará que estoy hablando de lo que no es. Quién me conozca, lo pensará con más motivos.

El pecho hundido, la sensación de poder haberlo hecho mejor, las lágrimas que resbalan por el pequeño rostro de impotencia, el querer más, el saber que se pudo, el tener que levantarse de un duro rapapolvo.

Son dos ideas contrapuestas las que os he lanzado. Ahora, alguno estará más rayado que las cebras. No preocuparos.

Todo esto viene a colación de que el otro día, hablando con mi gran amigo y pesimista irremediable Daniel Bellido, salió una interesante idea que ni yo, ni él mismo esperábamos. Soltó que si estaba tan malo, fuera solicitando la extremaunción. Yo, en un arrebato de soberbia y sinceridad le contesté que no creía necesitar eso, mejor dejárselo a otras personas que lo necesitaran más que yo porque no se habían ni esforzado durante toda su vida en ser un milímetro mejor persona. Yo, al menos, lo intentaba y cada error que cometía, lo sentía. Ambos no éramos conscientes de lo que soltamos en ese momento.

Y ahora, el “¿a qué santo viene este rollo?”. Pues bien. Yo entreno niños, pequeños, de unos 9/10 años. Otros, de unos 6/7. Mi padre también entrena niños de esas mismas edades. Me detendré con los más mayores.

Al final de verano me vino mi padre diciéndome que le hacía falta un defensa, y uno de los mejores chavales que tenía se lo llevó. Me lo dijo con pena, como sabiendo que me ponía en un problema, era consciente de ello. Pero también había en su mirada la alegría de saber que su hijo durante un año había hecho algo bien para conseguir que un niño que no sabía ni chutar ahora estuviese en un equipo que iba a jugar contra los grandes de la provincia. Yo, orgulloso, le contesté que se lo llevará, que lo merecía y que yo ya me inventaría algo.

El sábado pasado jugaban ambos equipos, uno después del otro. El mío primero. Ganaron, convencieron, jugaron, DISFRUTARON. Hablo en tercera persona porque yo no juego, ni mi segundo de abordo sin el cual yo no sería nada, el gran Pijama, tampoco. Y no por falta de ganas: ver la ilusión de niños por los que nadie daba un duro hace unos meses no tan lejanos, sus risas, su forma de posicionarse, de moverse de hacer las pequeñas cosas que te hacen a ti sentirte orgulloso de algo en lo que has colaborado. Que un entrenador se piense responsable de algo es la cosa más falsa de la historia y el mundo del deporte, del fútbol en este caso. Tú puedes decir y poner tu empeño, tu vida, en lo que haces, pero un niño es una persona y siempre tiene dos elecciones, hacer las cosas o no hacerlas.

Mi querido y admirado equipo. Con Pijama en la izquierda y yo en la derecha.

Después, el equipo de mi padre jugaba contra el líder. Primero contra tercero. A ver si ese equipo que maravillaba, que me ha fascinado, y lo sigue haciendo, rinde, aunque pierda, aunque le fallen las fuerzas. Pijama y yo viendo el partido, apartados del tumulto general, ensimismados en el juego, apoyados en una valla. Recordando momentos de cuando con ese mismo entrenador hace ya 11 años, soñábamos con disfrutar del fútbol, y lo mejor de todo, lo hacíamos.

Perdían 0-3 al descanso. Pijama y yo hablábamos, comentarios sin maldad. Uno de ellos, la realidad, es que enfrente se vieron con unos con un escudo de peso, de un equipo de bien, y salieron, con perdón de la expresión y la mala praxis, cagaos. Recordando, él y yo, cuando nosotros éramos ellos y salíamos con miedo, con mariposas en el estómago, pero sin miedo. Teníamos mucho que ganar y poco que perder. Y así se forjó uno de los mejores equipos que recuerdo. Y otro de los mejores equipos que recuerdo es este que estaba viendo.

La segunda parte, sin ser la mejor de las que les he visto, fue una apoteosis. Fueron ellos de nuevo, jugaron, desequilibraron, hicieron vibrar, metieron contra las cuerdas al contrario, sacaron de quicio a entrenadores y padres rivales, sacaron los dientes, mordieron con furia, lucharon como gladiadores, pelearon cada balón como si fuera el último de su vida, como si no hubiera un mañana. Y luego, tocaron, atacaron, disfrutaron, se divirtieron, se pasaron el balón a velocidades de vértigo, movieron sus tropas de forma apabullante. Ni así pudieron remontar. Ni así pudieron completar la remontada. Pero pocas cosas vi heroicas en mi vida, y ellos me la dieron. Murieron en la orilla, pero como se debe morir. Pagaría por saber lo que se dijo en el descanso, que jamás le preguntaré a mi padre. Secretos de vestuario.

Aquí el equipo, en una foto de archivo.

Y el enlace, aquí con todo. Todo se conecta ahora. Mi amigo Bellido me hizo entender que prefiero ser una persona honesta e íntegra y que murmuren que soy raro y un idiota por no aprovecharme de las cosas, de querer hacer que un grupo de niños hagan lo que más les gusta sin importar lo que digan, sin importar que hablen de sus limitaciones, de hacerles creer que ellos pueden, de que sepan que ellos pueden al igual que yo puedo ser mejor persona con cada día que estoy con ellos. Me han enseñado lo que soy, a descubrirme mucho más. A no dar por perdido ni el aire que respiro. Porque así, siendo idealista, y teniendo mis ideas y transmitirlas de la mejor manera no creo necesitar la extremaunción.

El equipo que perdió, el de mi padre, era un manto de lágrimas, su primer partido perdido este año, en una liga complicadísima. Sentí su dolor como el que más, sentí que todo debía seguir, sentí que debía animarlos, pero al acercarme me noté a mi mismo emocionado. Me acerqué a mi amigo y ex- jugador ( ese que os he dicho que me quitaron este año), y le vi llorar como otras tantas veces, pero como si hubiera crecido de golpe 100 años. Entonces supe que sentir eso era lo que hacía grande a esos chavales, que supieron transmitir su ilusión y sus ganas a unas 100 personas allí congregadas. Ellos son unos campeones, unos auténticos fenómenos. Para mí, no hay duda. y los mío, también, porque conseguir en un período tan corto esa evolución, es difícil. Ellos y mis jugadores, ambos del mismo club, ambos de una misma filosofía, la misma de la que bebí yo con su edad. Y vi alejarse a mi padre, y Pijama y yo nos miramos abatidos, por él, por sus chicos. Pero le recordé una cosa: en 5 minutos ese hombre que les entrena, les levantó un ánimo truncado, les hizo creer y les hizo saberse ellos de nuevo. Y yo pensé que eso, es mucho. Y eso, cada entrenador de niños, lo hacemos. Hacemos creer a ellos.

No sabemos el poder que tenemos.

PD: Aunque nunca lo lea, va dedicado a mi padre. Gracias, míster. Tú has conseguido que ellos y otros más antes hagan lo antes mencionado, y lo llevas haciendo desde hace más de 20 años.

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