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El concepto

23 Feb

Siempre ha habido grandes corrientes de pensamiento a lo largo de la historia. Ni mejores ni peores, simplemente diferentes. Desde tiempo atrás, inmemoriables pensadores, filósofos, psicólogos, matemáticos y demás fauna diversa de la sociedad, se ha empeñado en buscar algo que diera al traste con lo anteriormente estipulado por otros, antes que ellos.

Y ese ha sido el motor y avance de la humanidad. Siglos y siglos de descubrimientos, de batallas intelectuales, de errores convertidos en aciertos que han dado lugar a lo que hoy en día somos, vivimos y pensamos.

Pero tras tanto litigio, tras lo que ya está, sigue habiendo aún gente que se sigue esforzando día tras día para lograr algo diferente, algo digno de admiración, propia o de otros. Esas personas son las que más admiración me representan, y en mi opinión, las que más dignifican lo que hacen.

 

Y he aquí donde entra el concepto.

El concepto dice muchas cosas, en pocas palabras. Estriba líneas maestras que uno debe mantener caiga de pie o de culo, da pasos a seguir contra viento y marea, te saca la rabia profunda de la manera más disimulada posible, encuentra el leitmotiv para la superación personal y te insta a cometer errores para subsanarlos y mejorar las prestaciones de la empresa a realizar.

Para su consecuión debes rodearte de personas, amigos y colaboradores que tengan la misma visión, que te pongan una mano en el hombro cuando no lo necesites y te sostengan en un abrazo cuando te sientas desfallecer; que te dejen tus momentos solitarios en la comprensión de los enigmas y soliciten tu reclamo en situaciones inverosímiles; que se dejen convencer a base de argumentos y corazonadas y no de promesas e irrealidades fulgurantes.

Pero el concepto se basa, profundamente, en alguien que confíe en ti y en que tú seas capaz de enderezar el rumbo cuando todos piensen que lo has perdido. Si tienes eso, tienes más de lo que te crees para elaborarlo.

Un grupo de personas a tus órdenes, no en su mejor versión, pero tampoco en la peor. Otro grupo, inferior ténicamente, superior en mentalidad en esos momentos. Toca mover ficha. Unos abatidos, otros vencedores y mucho por delante. La cabeza erguida, alta, soberana, incrédula, desafiante y rabiosa. Brillo, fulgor intransigente y empecinamiento, llegando a la obstinación. El concepto reina sobre ti, mientras en tus adentros se está formando un fuego que reclama la venganza calmada.

Miras hacia arriba. Respiras y mantienes el concepto. Otros no lo harían y posiblemente caigan. La idea es clara: la caza empieza hoy y no se va a detener hasta que nadie de los nuestros diga lo contrario. Lo bonito empieza ahora. Ellos tienen sus armas, nosotros las nuestras. El concepto, la forma de hacer y sentir, de querer conseguir, es la más fuerte de todas ellas. Ellos solamente se basan en la finalidad. Si resultan vencedores, estarán vacíos con el tiempo. Si nosotros caemos, el concepto no permitirá que sea por mucho tiempo, y se verá lo conseguido en otro espacio, en otro tiempo, pero devolverá lo perdido. Y durante ese camino, no se sentirán vacíos.

El concepto te dice que lo importante no es el qué, sino el cómo. Ellos aún no lo saben, pero a estas alturas, un resultado no es más que eso: una respuesta entre muchos azares y condicionantes. Es el QUÉ. El CÓMO es lo que perdurará, aunque haya quién no quiera verlo. Ellos tienen el qué, nosotros el cómo. Con lo nuestro se puede conseguir lo suyo, al revés, no.

Son conceptos ambos, si. Pero en mi mente, solamente hay uno y lo voy a llevar a las últimas consecuencias, pase lo que pase. “Yo estoy contigo para lo que sea, te apoyo hasta la muerte”, me dijeron hace pocos días. Gracias, amigo y compañero.

 

CONSEJO DEL DÍA:

“En cada búsqueda apasionada,

cuenta más la persecución que el objeto perseguido”

(Bruce Lee dixit)

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Graciosas fiestas

20 Dic

He aquí una felicitación de Navidad y Año Nuevo muy especial, la que más para mí. Mi equipo de benjamines de La Nucía, al que yo entreno, celebraba el último entrenamiento antes de las fiestas y de darles unas merecidas (este año sí) vacaciones.

Aquí con el presi del club, Tomás Llorens, y con el coordinador del fútbol base, conocido mundialmente por "El Pibe".

 

Cómo habréis podido observar, íbamos preparados para la ocasión.

Les compré gorros de Papá Noel con luces y unas diademas con cuernos de reno. Y de esta guisa salimos a entrenar: los defensas de delanteros y viceversa, todos fuera de sus posiciones y Pijama y yo de porteros. Y partidito directo, sin tonterías. Y eso sí, con los gorritos puestos que hacía mucho frío.

Pero antes, una foto de grupo para que se viera que somos amigos todos a pesar de que le volviera a ganar, por decimocuatrigésima vez a Gonzalo en nuestro particular duelo de pistoleros.

Y tras esto, nos esperaba una merendola preparada a tal efecto porque ellos se lo merecen, todo y más. A los místers nos cayeron regalitos, que no hacían falta pero se agradecen. Una caja de bombones y un videojuego para mí, y la cajita de bombones para Pijama, por perder en el partido.

En el campo, antes de la pugna por la supremacía del campo.

 

Lo positivo fue que pasamos un buen rato haciendo piña, haciendo grupo, haciendo amistad.

Y ahora, paso a redactar la carta que le pido a Papá Noel en nombre del equipo:

“Querido y enternecedor barbudo barrigón,

solamente te pediré cosas muy sencillitas este año, ya que el dinero no nos sobra a ninguno. En primer lugar, te pido que estos niños nunca pierdan la ilusión por jugar al fútbol, que siempre vengan con una sonrisa y se vayan con una sonrisa, aún mayor. Que cuando estén con un balón entre los pies no existan los problemas, las preocupaciones o el cansancio. En segundo lugar, me gustaría que les dés la capacidad para seguir mejorando de la forma que lo están haciendo, que estén atentos y se impliquen en todo lo que se les diga para aprender lo máximo posible. En tercer lugar, mira a ver si puedes traerles más dosis de buen fútbol a sus pequeños, por el momento, pies, los mismos que hacen que se disfrute tantísimo de esto con ellos. En cuarto lugar, que les vayas quitando esas pequeñas pero molestas manías que me desesperan como el miedo al balón, el girarse para que nos les dé un golpe o los controles que saben hacer y se ponen nerviosos a veces. Y por último, te pido una cosa que puede tardar un poco más en llegar, pero no me importa, así tienes tiempo de buscarla: tráete la Liga para que estos “melones” de tíos la disfruten y la saboreen si se la merecen. De ellos depende.

¡Ahh! Se me olvidaba una cosa: que Gonzalo llegue puntual, de vez en cuando y para variar.

Un saludo, campeón“.

Fdo. El Míster (Hugo)

PD: Perdonarme por la calidad de las fotos, pero se ve que los padres estaban tan emocionados que no atinaban con el objetivo quieto.

CONSEJO DEL DÍA:

“No consientas que nadie te diga

qué no puedes hacerlo”.

(Alguien dixit, seguro estoy)

Guerras injustas

19 Dic

Ayer hubo una guerra. Una más. Entre hermanos, sangre procedente del mismo estilo, del mismo origen, de la misma sed de triunfo. Una guerra más, en un pequeño lugar sin importancia.

El velatorio de armas había durado demasiado, demasiado tiempo saboreando mentalmente el momento doloroso y excitante de semejante duelo. Los argumentos esgrimidos por los contendientes eran tan distantes, que incluso la cercanía de los pensamientos en las mentes de sus líderes hacía que se escuchara el chirriar de sus mecanismos internos. Apenas unas paredes, unos finos muros de cemento levantados entre las sedes de ambos grupos, de ambas ideologías y formas de ver las cosas. Incluso a pesar de ello, los soldados que se disponían a escuchar y acatar las últimas instrucciones al respecto del teórico desarrollo del batalla, pensaban que algunas de las formas de pensar eran erróneas, pero había que luchar por ellas. Hasta el éxtasis de la quasi muerte y la extenuación si era necesario. Esa era su obligación.

Llegó la hora. Los músculos calientes, el corazón desbocado  y a revoluciones anormales, la cabeza con imágenes de como querían que fuesen las escenas de tan enigmática y grandilocuente pelea, junto con los pies fríos. Tan mediática en su contexto, que el resto de los que no estaban allí presentes en el diminuto lugar del mapa no entendían la magnitud de lo que en apenas unos minutos comenzaría.

Un pitido y una bandada de pájaros indicaba el principio de la contienda, con las piezas dispuestas en el tablero de juego como marionetas que iban a desempeñar funciones, impropias muchas de ellas, de cada uno de los actores del teatro orquestado en la oscuridad y la penumbra que los días de la semana otorgan a esas horas del día.

Y entonces, los gritos ahogados y crujientes de ambos bandos, se entremezclaron sin tregua en el fulgor de la guerra: el campo de batalla presentaba unas condiciones insólitas, y la temperatura era un contraste ideal de sensaciones  con el aire gélido de las paradas bruscas y el Sol ardiente de las esperanzas que no se remataban en un final feliz.

Piernas, golpes fortuitos, caídas, chillidos de dolor, levantamientos forzados, saltos imposibles, posturas desgarradoras, fe infinita en las ideas de uno y otro.

Brazos que se separaban de los cuerpos protegiendo el territorio, acciones que marcaban el perímetro de los más listos, canalladas por la espalda y cientos de ojos avizor de lo que sucedía. Nadie se atrevía a comentar nada. Nadie se atrevía a cuestionar la autoridad de algunos pocos. De los pocos que, a pesar de estar aún dentro del terreno donde se producía la guerra, ya sabían que o se daba más o se irían apartando ellos solos del foco en el que se centraban las miradas.

Los que se hicieron con el control de las zonas, dominaron el asunto de principio a fin. Y llegados a este punto, en la más absoluta de las igualdades, llegó un parón que agradecieron ambos bandos, menguantes en sus fuerzas por la generosidad de sus esfuerzos.

De regreso, ni uno ni otro podía anticipar el desenlace de los acontecimientos a la luz de lo sucedido con anterioridad, pero si empezaron a vislumbrarse a nuevos personajes que llegaban con la intención de aportar el factor sorpresa en el oponente. Y de repente, un zarpazo en la más inocente de las internadas del contrario, en la más plena de las vigilancias, en un toque de suerte de esos que invaden las guerras y llenan los corazones de alegría o tristeza según el beneficiado. El capitán de uno de los grupos, del que veía volar el objeto introducirse en la base a la que más daño podía producir, se jugó como buen líder su integridad, sin que ello sirviera de mucho.

El panorama había cambiado, y el bando temporalmente perdedor debía dar un paso al frente. Llegaron en medio del sueño de forma clara para morir en las mieles del éxito del terreno rival, vedado. Y todas aquellas intentonas que se produjeron después, fueron solventadas de manera bondadosa por el guardián de la base.

Y con el ejército liderado por al furia y el orgullo, por la casta y el temple, por la calidad y la brillantez, la eficacia y la experiencia del líder de los vestidos con prendas negras, echado en vuelta arriba sin posibilidad de retorno hacia la gloria o la perdición, llegó el segundo mazazo de proporciones gigantescas: uno de los más íntimos, curtido en mil batallas junto a él y otros más (no hacía tanto) del líder negro se irguió en el aire imponente, sin vigilancia alguna en un contraataque terminado en pausa y colocación, asestó el golpe definitivo que hirió de muerte a propios y extraños.

Y, de nuevo, cuando menos se esperaba, apareció la decepción, la desesperación y el silencio. La nada. Se vieron líderes y soldados magullados, heridos, emocionalmente abatidos, con el orgullo arrastrándose detrás de ellos en la sombra de lo que pudo ser y no fue. Y se vio el relente de la alegría sufrida, emotiva y conquistada.

Y es que, cómo ya se sabe y se dice, en el amor y en la guerra, todo vale.

 

CONSEJO DEL DÍA:

“En lo diferente está lo especial”

(Oscar Wilde dixit)