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Más vale tarde que nunca…

20 Mar

dice el refrán. Y yo que me abono a ello como a un clavo ardiendo. Y es que las celebraciones y los días de fiesta son para eso, para descansar y fiestear (que es un término que dudo exista pero que todos entenderéis su significado y connotaciones, seguro estoy). Pero para más historia, encima ayer fue el Día del Padre, San José, las fallas…ufff, mucha tela que cortar.

Y yo que quería hacerle un homenaje divertido a Papá Pepito, lo haré hoy, saltándome el habitual istrionismo de críticas tan propio de los Lunes o de los Martes, en su defecto. Espero me lo permitáis.

Hay personas que uno no elige que estén en su vida desde un principio. Algo así como que vienen de serie. Pero con el tiempo te vas dando cuenta que eso es de tal manera en muchos aspectos. No tenemos capacidad de decisión, de desbordar el escaso raciocinio que poseemos en tales circunstancias.

Pero conforme pasa el tiempo, llegado el mismo momento en el que la rebeldía llama a tu puerta, todo el cargo de conciencia, odio o desavenencias que hayas podido acumular se ciernen sobre esa figura y deseas apartarla de tu vida. Pero lo más normal, como en mi caso, es que eso no sea así, sino más bien unas ganas irrefrenables de disfrutar a cada momento de su compañía, de su caminar, de su fe en mí y de sus consejos y enfados. Es el momento en el que fluctúan mis recuerdos y sonrío.

 

 

Ése hombre, cuyo nombre ya dije antes y por el cual responde más que por el oficial, siempre ha estado velando por mí, no dejándome nunca abandonado a mi suerte, manteniendo la distancia cuando era necesario sin perderme nunca de vista, apareciendo cuando tocaba y estando a un margen cuando procedía. Ése hombre que ha luchado conmigo hasta la extenuación en los malos momentos, que ha tragado orgullo en miles de ocasiones, que ha mordido lengua y polvo por mi culpa, que ha sido santo y seña, guía, de un modelo de vida que él solamente quiere que yo supere. Ése que cuando uno duerme pensando en que todo está hecho, él empieza a preparar el terreno para que sea así y todo vaya más o menos rodado, que nunca se echa atrás en sus convicciones, que no rehuye la batalla cuando es de recibo librarla. Ése que me ha dado unos valores incalculables, una fuerza para ser yo inimaginable, una ilusión por cosas que ni sabía que tuviera y las ganas de ser mejor cada día como veo que trata de ser él. Ése que el día menos pensado aún te sorprende, que tras veintitantos años aún te cuida, sonríe, ama y sufre como cualquier otro. Y lo importante, se deja la piel por quienes quiere, por lo que sea.

Hay mil cosas que son suyas, y solamente suyas. Que me gustaría decirle que no fuera así siempre, a su manera. Pero soy tan similar a él, que a veces hasta le entiendo. Aún hay días que me sigue haciendo rabiar, pero me tranquilizo, pienso y para mí mismo me digo “lo has vuelto hacer, señor padre” para buscar en sus ojos el brillo que me dé a entender que está orgullosos de mí, que está feliz de la obra pintada por él mismo a través de sus enseñanzas.

Ése hombre que, impertérrito, nunca ha dejado de dar un paso junto a mí para hacerme mejor persona.

Gracias, colegui.

CONSEJO DEL DÍA:

“Al amor propio se le hiere; nunca se le mata”

(Henry de Montherlant dixit)

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Hoy

17 Feb

En este Viernes de Febrero donde las temperaturas ya son más propicias, yo me he levantado juerguista y con ganas de jugar. Me he despertado hiperactivo, en estado de alerta y de entusiasmo. Y debido a circunstancias especiales que se acaban convirtiendo en una sola, voy a hacer algo que siempre me habéis demandado, y que os encanta.

Sé que no es Lunes, pero vamos a aparcar el tema de la moda por este día para escribir lo mío, mi opinión y mi ser. Espero que os guste.

– Cuando uno empieza, siendo joven, a pensar en las cosas que vendrán, no suele hacerlo por mucho tiempo. Ni siquiera se le pasa por la cabeza salvo en determinados momentos que le toquen sensiblemente la fibra escondida de todo ser humano. Pero cuando eso sucede en esa tierna época, no reparamos en lo increíble de cada historia, de cada uno de nosotros.

Yo empecé a hacer cábilas muy pronto. Y más pronto aún, empecé en esto que tanto amo, casi sin consciencia de ello. Estaba haciendo lo que más me gustaba sin preocupaciones de ningún tipo, sin objeciones ni nadie que me quitara la ilusión por cualquier idiota cuestión sin importancia. Conforme avanzaba en edad y razón, eso se fue tornando en virtud y en desmesurada desvergüenza por lo establecido. Poco me importaba a mí la desfachatez, pues siempre creí haber nacido ya predispuesto a luchar contra las injusticias (cosa muy habitual, lo del no ser justos, en este loco mundo), y poco menos lo que dijeran de mi comportamiento.

Y llegó la hora de las despedidas. Unas fueron más tristes que otras. Como todo en esta vida, en ese antro de mala muerte éramos los justos y necesarios, ni más ni menos. Todos a una, iguales y diferentes. Pero con unos aprendes a llevarte mejor que con otros. Es la ley de la jungla. Eso no lo eliges tú, ni nadie, excepto la quietud del espacio y el tiempo y la coherencia de quien es capaz de arrojarse contigo al vacío por un sentimiento o una idea sin pedirte explicaciones. El azar, la causa más común, creo yo ahora, de situarte en ese momento, en ese espacio físico y conectarte con esa persona.

Y fue duro ver como tras varios años, cada cual emprendía un rumbo distinto.

Empezaba, entonces, un nuevo y duro camino en el que tenía que confirmar mi condición o ser de un rebaño al que supe que nunca pertenecía, por raza, por corazón, por cabeza y por convicción. Y esfuerzo tras esfuerzo, momento tras momento, claudiqué ante quién se lo mereció, pero nunca jamás ante quién ni siquiera lo intentó. Y año a año, llegué a cotas mayores, no sin pararme a reflexionar dónde estaba el techo, qué sería de los otros muchos que poco a poco iban cayendo cual moscas en el estrépito y el vacío de la decepción.

Y tras mucho vivir, llega la hora de pensar. He visto y he tenido la suerte de compartir mis mejores momentos con gente inigualable, y al echar la vista hacia atrás, veo lo afortunado que he sido y soy. Y ruego y rezo porque los de ahora tengan esa oportunidad de, al menos, igualar la calidad humana del antro en que yo viví muchísimas situaciones y nadie se quejó. Eran otros tiempos, se dice. Pensándolo bien, lo que cambia es la manera. El tiempo, el mismo, y la historia, ídem. Por ello, reflexiono, observo y presto atención, y quién me conoce tras los años duros y los mejores, se me acerca, sobre la cal del terreno. Me observa, me coloca una mano sobre el hombro y me dice que esto sigue, que es así. Yo lucho cada día para negar esa evidencia, pero no puedo evitar pensar qué será cuando no esté, cuando no podamos defenderlos o se pierdan en la inmensidad de la oscuridad que les acecha sin ser vista.“Vendrán otros”, me comenta con un deje de tristeza, el labio resignado y la mente intentando escapar a otra parte. “Así es cada cierto tiempo”, reafirma , rotundo.

Y al girarme, les regalo una sonrisa, miro a mis amigos, los de la muerte de convicciones segura si se quedan junto a mí, que ahí están, y es entonces cuando leen mi rostro tras la enseña de dientes: ven mi pensamiento sobre el futuro, pero saben que por dentro estoy diciendo lo que muchas veces repetí durante tantos años a quién quiso escucharme y luchar por la causa: “No importa si dentro de 5 años, 1 ó 2 meses no se acuerdan de lo que hicimos, porque lo importante es que vosotros os acordéis cuando os miréis a la cara dentro de 2 meses, 1 ó 5 años. Porque el futuro no es tan importante si no lo conseguimos construir ahora. El mañana no importa, porque hoy lo es todo. Y hoy, sois vosotros”.

Es un placer, señores, mientras dure. Y cuando termine, seguirá siendo un placer, pero esta vez mientras duró.

CONSEJO DEL DÍA:

“Deberíamos usar el pasado como trampolín, no como sofá”

(Harold McMillan dixit)